sábado, 28 de noviembre de 2015
Te detienes y sin darte cuenta abres los ojos en la cocina de tu abuela, tus pies cuelgan de la silla, un olor dulce y con fin ácido llena tu olfato, tu cuchara se mueve al compás de una canción de José Alfredo y ves el cuerpo ancho de esa mujer de cabello gris que va y viene de un lado para otro, en la estufa los duraznos con su jarabe burbujean, se te hace agua la boca, el plato viene hacia ti en sus manos arrugadas y el vapor dulce humedece tus mejillas, no puedes hacer otra cosa más que reír y quemarte la boca con las ansias, con la necesidad imperiosa de llenarte la boca de los duraznos caliente y dulces que toma tu cuchara, con cuidado dice ella, no se van a ir a ningún lado, pero no la escuchas, no sabes bien si es el sabor dulce lo que te reconforta o su voz, esa voz con tono suave, como la textura de la piel de la fruta, o ese toque ácido que deja en tu boca al final como cada beso de despedida que termina con sus dedos pellizcando tus mejillas, volteas a ver el árbol que te a dado todos esos frutos y es casi, poca la diferencia, igual a las raíces que tiene ella, la figura igual de cuarteada y bella, las hojas del árbol terminan de caer esta tarde de viento y ella esboza una sonrisa que se va difuminando igual que la hoja. Abres los ojos y miras el durazno que te a hecho detenerte quince años después en otra ciudad, en una calle desconocida a mirar la cocina de la abuela.
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